Arqueología televisiva serie a serie

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En las próximas décadas, cuando los historiadores echen la vista atrás al siglo XX y traten de analizar cómo era la sociedad en estos tiempos, una de las herramientas más ricas, y a la vez complicadas, serán los contenidos televisivos y, muy especialmente, las series.

De la misma manera que el cine o la literatura contemporáneos reflejan una época, incluso cuando se trata de ficción, los programas televisivos componen una fotografía, en ocasiones muy fidedigna, de lo que son los usos y costumbres de un determinado periodo histórico, no solo visualmente, con las prendas de vestir, la manera en que se decoran las casas o la fisonomía de las ciudades que muestran; también con el lenguaje que se utiliza y, sobre todo, con las preocupaciones de sus protagonistas, sus inquietudes, sus formas de trabajar, de vivir en familia o de enfrentarse a la sociedad que les rodea.

Así, de la misma manera que los creadores de una serie de época habían de recurrir a libros de historia, revistas o prensa, cuando preparaban la ambientación y el contexto de sus creaciones, ahora tenemos ya suficiente material televisivo como para poder utilizarlo también de referencia; un material en movimiento de un valor incalculable pero que debe ser manejado con extrema cautela.

La dificultad dentro de unas décadas, nada desdeñable por cierto, radicará en establecer qué contenidos son fidedignos y cuales son solo un reflejo de determinados extremos o cuestiones menores, que no deben tenerse en consideración como ejemplo de un momento social concreto. Así, a día de hoy, parece obvio que ciertos ‘realities’ no reflejan más que a un grupo de jóvenes muy similares en su formación (o ausencia de ella), monos de repetición en su manera de vestir, su lenguaje y su comportamiento, pero lejos de ser el reflejo de su generación. Dentro de cincuenta años, esto podría no ser tan evidente y, en manos de un historiador poco profuso en sus investigaciones, convertirse en paradigma del joven español de los años 2010.

De esta misma manera, es llamativo pensar qué imagen de la sociedad proyectan las series de ficción, muy especialmente las comedias que, tras unos diálogos cargados de chistes más o menos ocurrentes, y a diferencia de lo que pudiera parecer, son quizá las que arrojan más luz sobre algunas de las principales inquietudes de la sociedad que representan. Con el ir y venir de personajes, con sus elementos discordantes y su habituales enredos, en los que siempre hay algo o alguien fuera de lugar, puede resultar más sencillo configurar un determinado momento histórico, escondido tras ese humor aparentemente inofensivo.

Los dramas, por su parte, son también elementos esenciales a la hora de mostrar cómo una sociedad evoluciona, cómo se vive, cómo se habla en un determinado tiempo (aunque todos sabemos que en los diálogos televisivos los personajes nunca hablan de forma completamente natural). Cuándo la presencia de mujeres trabajadoras o personajes homosexuales empezó a no ser un elemento desencadenante de un conflicto en una serie y solo una característica más de los personajes, como pueda ser su color de pelo, su carácter o su profesión, es algo que define en qué momento de la historia un determinado cambio se normaliza.

Muy especialmente en esta época en la que vivimos, parece que algunas series de televisión hayan decidido centrarse en puntos calientes de la geografía nacional, eligiendo para sus historias localidades que, aparentemente fuera del foco principal de las noticias, esconden tras de sí importantes conflictos étnicos o sociales. Hablamos de series como El Príncipe, que puso en primer plano de la información los problemas de este conocido barrio de Ceuta o Mar de plástico, que pronto llegará a nuestras pantallas con una de las zonas más deprimidas de Almería como escenario de su historia. Son ficción, pero al mismo tiempo son denuncia, hoy son importantes porque reflejan problemas que a menudo pasan desapercibidos, escondidos tras titulares grandilocuentes, pero mañana lo serán aún más, para esa tarea de arqueología histórica de la que hablamos.

Vivimos en una sociedad en la que el acceso a la información y la cultura es cada vez más abundante y donde las opciones simplificadas de esta misma información hacen más sencillo ponerla al alcance de todos. Corremos sin embargo el riesgo de aceptar estas simplificaciones como norma y pensar que todo está contenido en esas pequeñas piezas de arqueología audiovisual, que en realidad solo representan una pequeña parte de un todo mucho más rico e ilustrativo.

Frente a las ventajas de que nos lo den hecho, los riesgos de perdernos los matices; frente a leer un libro, ver la película; frente a analizar la prensa de la época, ver el biopic. Los arqueólogos audiovisuales tienen una importante tarea por delante y no van a dejar de llegarles contenidos.

 

Créditos imagen: Antena3.com

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Publicado en: Series, TV

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