Bienes digitales: cuando mueras, todo eso ya no será tuyo

Hombre descansa en tumbona mientras lee un ebook
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Cuando Benjamin Franklin dijo aquello de “En este mundo no hay nada seguro salvo la muerte y los impuestos” quedó claro que lo mejor que podíamos hacer era prepararnos para lo inevitable. El problema es que la tecnología ha hecho complicado que en materia de contenidos culturales lo dejemos todo bien atado.

Antes comprabas un libro y era tuyo para siempre. O un disco. O una película en DVD. Ahora ya no haces eso (tanto). El consumo de contenidos se ha transformado, y de pagar por tener algo hemos pasado a pagar por usarlo.

Esa es desde hace tiempo la realidad de los contenidos digitales. Los libros electrónicos y el streaming de música, series o películas han hecho que nuestras estanterías ya no estén llenas y que esos libros, CDs y DVDs estén cogiendo polvo. Nos ofrecen una alternativa más cómoda, más ubicua, pero no necesariamente mejor.

No lo es desde luego en el ámbito de la propiedad que uno asociaba antes a la compra de estos contenidos. Ese libro era tuyo para hacer de él lo que quisieras, pero la cosa iba aún más allá: seguía siendo tuyo y parte de tu herencia una vez murieras.

Tus contenidos digitales no son transferibles

Eso no ocurre ya con los bienes digitales, que se han convertido en compras de productos que tienen una fecha de caducidad muy concreta: la de nuestra muerte. El problema se extiende a servicios digitales que usamos a diario: nuestra cuenta de PayPal, nuestra cuenta de correo electrónico, la de Facebook… y por supuesto, la que nos ha dado acceso a “comprar” contenidos culturales online. Las comillas, queridos lectores, son obligadas, porque “comprar” esos contenidos no es lo que era. La mayoría de empresas que proporcionan este tipo de contenidos digitales así lo destacan en sus términos de uso.

Lo hace Apple, por ejemplo, cuyo contrato de licencia indica cómo al comprar un producto a través de iTunes esa licencia es no transferible. Con Amazon, lo mismo al hablar del Kindle, ya que no se habla en ningún momento de qué pasa cuando el titular de la cuenta muere. Lo que sí que se dice, como en el caso anterior, es que los contenidos que compramos no son transferibles:

“Salvo que se indique específicamente lo contrario, no podrá vender, alquilar, distribuir, emitir, otorgar sublicencias, ni de algún otro modo, asignar ningún derecho sobre el Contenido Digital o parte del mismo a terceros, y tampoco podrá modificar ni eliminar del ningún tipo de mención relativa a los derechos de autor o de propiedad del Contenido Digital”

Pagas por usar, no por poseer

Esas cláusulas están por todas partes, y lo están porque las leyes que regulan este ámbito no están aún preparadas para contemplar estos bienes digitales. Para los bienes físicos, los de toda la vida, existe el concepto de la primera compra: una vez compras un libro, un CD o un DVD de forma legítima, es tuyo para hacer con él lo que quieras.

Con los nuevos medios de distribución de contenidos, lo que compras ya no es tuyo. Puedes usarlo, pero siempre dentro de los términos establecidos por la proveedora de ese servicio, se llame Amazon, Apple, Microsoft, o Google, por poner algunos de los ejemplos más frecuentes.

Te dejan reproducir esos contenidos en ciertos dispositivos —ay de ti si los tratas de reproducir en otros no soportados o permitidos—, pero las restricciones son mucho más importantes que las que durante décadas se han aplicado a los bienes culturales físicos. Es la condena de la gratificación instantánea, la que nos permite disfrutar en cualquier momento y cualquier lugar de esos contenidos gracias a la magia de la “nube”, pero que no poseemos porque habitualmente no se descargan en local, son temporales.

La regulación va por detrás, pero hay luz al final del túnel

En España esa legislación también está huérfana en este apartado. En el Código Civil encontramos cómo los artículos 657 y 659 hablan de los derechos de herencia. Este último, por ejemplo, indica cómo “la herencia comprende todos los bienes, derechos y obligaciones de una persona, que no se extingan por su muerte”. ¿Se extinguen los bienes digitales? Eso parece según las empresas que los proporcionan, porque desde luego mientras que ellas especifican que esos bienes no son transferibles, nuestra legislación no ofreceun tratamiento específico para esos bienes digitales, sean culturales o no.

Hay tímidos movimientos al respecto, como la ley de la Generalitat aprobada en julio de 2017. Esta regulación trata en realidad más de las cuentas del fallecido (de correo, en redes sociales) que de sus “propiedades digitales”, pero es un paso en una dirección interesante. Algunos expertos proponen usar la figura del fiduciario digital (con acceso a los bienes digitales, pero sin ser su titular) o la de usar una memoria testamentaria en la que se pueden redactar anexos con los bienes digitales que se podrían heredar. Con el permiso de las empresas que los han proporcionado, por supuesto.

Hay empresas que han identificado el problema y proponen soluciones alternativas. En servicios como AfterVault se ofrecen espacios de almacenamiento seguros, cifrados y online en los que podemos almacenar todo tipo de datos y contenidos para asegurarnos de que si morimos, nuestros familiares tendrán acceso a dichos recursos.

Por si acaso, apúntales tus contraseñas a tus herederos

Las políticas de esas empresas en cuanto a los bienes digitales tienen un punto débil: el de esa realidad que hace que los herederos puedan seguir teniendo acceso a esas cuentas y bienes digitales. Alguien que muere puede haber dejado una nota a sus herederos cediéndoles todas las cuentas de servicios online que poseen, con sus respectivos usuarios y contraseñas. No hay transferencia de licencias como tal, pero sí la evidente trampa de que otros sigan usando esa licencia con la cuenta de quien la adquirió en primer lugar.

Si quieres que por ejemplo tus hijos disfruten de todos esos e-books, música o películas que has comprado, basta con dejar apuntados esos datos de acceso para ellos puedan seguir disfrutándolos. No ocurre lo mismo con tus cuentas en servicios de streaming —aquí los herederos tendrían que seguir pagándolas como en cualquier otro servicio de suscripción—, pero es una solución “gris” a un problema que ni empresas ni reguladores parecen querer solucionar.

Javier Pastor

Javier Pastor, informático y periodista tecnológico. Llevo trabajando en diversos medios impresos y online desde 1999, y me gusta tanto escribir sobre este ámbito que también lo hago en mi blog personal, Incognitosis. Incluso hablo de ello en Incognicast, mi podcast sobre la actualidad tecnológica. He pasado por medios como PC Actual, The Inquirer ES, o MuyComputer, y desde 2013 soy editor sénior en Xataka, uno de los referentes de habla hispana en medios online sobre tecnología.

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