Una carta a los Reyes Magos: Educación, incentivos, prescripción

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Cuando estaba en tercero de BUP me dieron una beca para estudiar inglés durante un verano en un instituto a las afueras de Brighton. Una tarde, al acabar las clases, descubrimos el tesoro: en la sala de música había una batería, guitarras, un bajo, un teclado y amplificadores. Ni una flauta dulce a la vista.

Aquellos hooligans con los que compartíamos espacio en el patio tenían acceso al paraíso de cualquier adolescente con inquietudes musicales. Podían colgarse una guitarra eléctrica y descubrir el funcionamiento del estilo musical que más les apeteciera, podían incluso crear sus propias canciones y el instituto les ofrecía la posibilidad de organizar conciertos en el gimnasio. Y se llenaban. Evidentemente, los foráneos a los que nos picaba el gusanillo del rock and roll pasamos mucho tiempo en aquella sala, aunque sólo fuera para acariciar unos instrumentos inalcanzables todavía para nosotros. Más de dos décadas después, con mayor o menor éxito, todos los que accedimos a aquel paraíso somos capaces de defendernos haciendo música y apreciamos profundamente la que hacen otros.

Años después tuve la suerte de conocer a varios grupos suecos en Madrid. En la cena previa al festival en el que compartíamos escenario nos dejaron con la boca abierta. Se habían conocido aprendiendo a hacer música en un curso del paro. En Suecia, la música es una de las principales industrias del país, hasta las webs institucionales tienen blogs dando a conocer en el exterior las bondades de sus artistas, veteranos y principiantes.

Mientras, debajo de los Pirineos, los escolares van camino de perder incluso el acceso a la flauta dulce y los parados pelean por manejar el Excel. A cambio, nuestra industria musical es casi inexistente, crear cultura no parece algo serio, más bien tiene pinta de sospechoso.

En España hemos asumido que la música se salvará con los conciertos y las plataformas de reproducción en streaming (la principal tiene su sede en Estocolmo, qué casualidad).  Sin embargo, salvo en las giras de artistas consagrados y en grandes festivales, las salas de conciertos que hay en nuestras ciudades son pocas y están vacías. Los grupos que empiezan se ven obligados a pagar si quieren presentar sus canciones en directo ante sus amigos.

No tenemos la sana costumbre, asentada en el mundo anglosajón, de entrar a un bar y tratar de disfrutar la música del que se está dejando la piel en el escenario, lo conozcamos o no, y recompensar su esfuerzo. Los ingresos por streaming, para un grupo sin alcance global, por muy estrella que sea en su país, no le permiten ni pagar el alquiler del local de ensayo.

La ausencia de una prescripción mínimamente seria es otro de los escollos que tenemos que superar. Los medios masivos y los algoritmos apenas abren una puerta a la nueva creación. En estos momentos un joven genio mileurista podría estar desarrollando la corriente artística más rompedora del siglo en su habitación y subiéndola a internet, pero lo más probable es que no accedamos a ella nunca. Las recomendaciones que nos llegan por múltiples medios tienden a agasajarnos con nuestros propios gustos, consolidados ya en fórmulas de éxito que no paran de repetirse. Apenas hay espacio para el descubrimiento real de nuevos artistas, la prescripción más masiva tiende a asegurar el clic ofreciendo lo que ya sabe que nos gusta. De este modo quedamos atrapados. La producción cultural acaba adaptándose a los patrones de recomendación y la creatividad, como tal, salta por la ventana.

El problema es irresoluble a corto plazo, tampoco hay que engañarse, no habrá una ley salvadora que nos convierta en una potencia cultural de un año para otro. Nadie se va a poner a buscar por los locales de ensayo a los nuevos creadores del siglo XXI. Sin embargo, creo que podemos hacer mucho de cara al futuro. Ahí van tres humildes sugerencias:

Llevar el proceso creativo, en toda su amplitud, a las escuelas. Habrá quien acabe creando obras maravillosas y quien no, pero todos los alumnos entenderán cómo funciona la creación cultural y podrán apreciar sus méritos y deméritos. No se limitarán a recitar de memoria sonetos del Siglo de Oro.

Incentivar los formatos que pueden abrir la puerta a nuevos creadores, como conciertos, festivales, firmas de libros, exposiciones, etc. ¿Estoy hablando de subvenciones? En parte sí, sin duda. Hay que sembrar si queremos recoger. En lugares como California o Suecia la industria cultural es parte importante del PIB, no cosa de vagos y maleantes, como aquí. Los creadores son una inversión, generan riqueza allí donde se les toma en serio. De hecho en España nos tomamos en serio los rodajes estadounidenses a los que ofrecemos incentivos para dejarnos salir en la tele y promocionar el turismo. También organizamos festivales con las últimas novedades en Inglaterra para que la juventud británica venga a dejarse la paga en nuestros bares. No tiene nada de malo invertir en nuestros creadores, también pueden generar riqueza y puestos de trabajo si creamos el ecosistema adecuado, como lo hacen otras industrias que reciben incentivos por fabricar bienes de consumo.

Reabrir un hueco para el descubrimiento de nuevos creadores en los medios y las plataformas de distribución masiva. Esta tercera sugerencia es más bien una petición, un ruego. Entiendo que periodistas y desarrolladores viven del clic, así que tienen poco margen si quieren seguir comiendo. Son las empresas quienes, aunque sea como parte de su Responsabilidad Corporativa, deberían invertir algo de tiempo y dinero para que esos mismos prescriptores puedan salir a la calle a descubrir nuevos talentos y presentárnoslos de vez en cuando en ventanas capaces de ofrecer un alcance suficiente.  Con la actual abundancia informativa la prescripcion y la distribución son la única salvación del proceso creativo. Luego, cuando gracias a la educación sintamos curiosidad por descubrir cosas nuevas, puede ser hasta un buen negocio.

Ahora que he visto que empiezan a instalar los primeros árboles de Navidad…¿puede alguien llevarle este texto a los Reyes Magos?

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Txema Valenzuela

Socio fundador de la consultora de comunicación La Propagadora. Periodista. Prisionero en Zenda. Intento crear cultura en 57 grados.

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Publicado en: música

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