El cine mudo ha vuelto (de la mano de Facebook)

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Años de avances en el mundo de la cinematografía para dotarla de sonido primero y de un sonido de extrema calidad después, para que ahora resulte que lo que realmente funciona es el cine mudo. Y no, no hablamos del éxito que tuvo The Artist, obra más alabada y premiada que vista por las masas, sino a la auténtica revolución que vivimos en estos días con la decisión de poner o no los vídeos con sonido preactivado en las redes sociales más populares.

Es una discusión antigua ya (sí, señores, sí, en esto de internet ya hay antigüedades), muy especialmente en el mundo de la publicidad, en el que las marcas buscan siempre impactar al usuario de todas las formas posibles mientras este intenta disimular que está de paseo por la red en horas de oficina. ¿A quién no le ha pasado alguna vez eso de echar un vistacito a la portada de prensa mientras otros se han ido a fumar y sentir cómo todo el mundo se entera tras el atronador vídeo preactivado de la marca de turno? Esto aún lo vemos, aunque el sentido común ha puesto de acuerdo a todos y cada vez es menos frecuente, tanto en el mundo de la publicidad como en el de los contenidos personales o de puro entretenimiento, donde lo que se lleva es hacer click para poder ver y escuchar el vídeo.

Hasta que llegó Facebook y decidió que una cosa era preactivar el sonido, algo verdaderamente molesto, y otra muy distinta preactivar el vídeo, una decisión que no solo no molesta al usuario, sino que se ha comprobado que incrementa muy notablemente el consumo de este tipo de contenidos en la red social. Hasta hace muy poco tiempo, cuando nuestros amigos compartían un vídeo en Facebook había que pasar a toda velocidad por su actualización si no queríamos que saltaran audio y vídeo, mientras que ahora solo es la imagen la que se mueve ante nuestros ojos y, para escuchar lo que se dice, es necesario pinchar en esa actualización para que audio y vídeo se muestren a toda pantalla.

Algunos pensaron que esta decisión acarrearía un descenso en el número de visualizaciones, al ser necesario un acto voluntario para disfrutar del contenido y se temían que la decisión fuera un error que habría que subsanar en breve. Se equivocaban. Si bien es cierto que los usuarios no están muy por la labor de clicar para ver y escuchar el vídeo, resulta que no tienen ningún problema en verlo sin audio; es más, se ha incrementado mucho el consumo de estos contenidos, con cientos de miles de personas viendo ‘cine mudo’ y disfrutándolo más que nunca. No solo se ve más: también se comparte más, pues nuestros amigos más respetuosos saben que sus vídeos ya no nos pondrán en evidencia en ningún sitio y se permiten forrar su timeline con todo aquel vídeo que les llama la atención, sin miedo al temido bloqueo.

Este cambio en la forma de relacionarse con los vídeos ha generado un cambio también en la manera en que estos se editan, dejando a un lado narraciones con la voz en off o trabajados diálogos, para centrarse en la imagen y algunas pinceladas de texto sobreimpresionadas en pantalla. Tanto si se trata de una obra artística como si es una pieza informativa, el texto ha empezado a cobrar un nuevo significado y las imágenes autoexplicativas son las reinas del momento. Eso y los siempre útiles subtítulos, claro.

Una nueva forma de trabajar se impone en estas piezas, que hasta hace bien poco utilizaban las imágenes casi únicamente para vestir un audio donde se contaba todo. No estamos hablando de una vuelta estricta a principios del 1900, cuando las películas necesitaban unas cartelas que ocasionalmente pusieran en contexto a los espectadores, ni tampoco aquellos eternos textos que, casi como si estuviéramos al principio de la cinta de La guerra de las galaxias, repasaban las noticias más importantes del día sin necesidad de reporteros en localización ni costosas conexiones. Pese a ello, sí se trata de un vuelta a los principios en la capacidad de mostrar imágenes suficientemente explicativas como para que apenas unas pocas frases sean suficientes para entender lo que vemos o de exprimir la capacidad artística que llevamos dentro para cautivar al espectador ocasional de nuestra pieza con una sucesión de movimientos y colores que no necesiten de más para ser vistas.

 Y así es como la red recuperó el cine mudo.

Créditos de la imagen: Lynn Friedman

 

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