Cord-cutting: un nuevo problema para las cadenas…y una nueva oportunidad

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En nuestro afán por hacer de los palabros una forma inteligible de referirnos a los cambios que la industria está sufriendo, hoy toca hablar del ‘cord-cutting’ una tendencia imparable en EE. UU., derivada muy especialmente de la manera en que se comercializa la televisión por cable en aquel país.

Literalmente, ‘cord-cutting’ hace referencia al corte del cordón que, si bien no se refiere al umbilical, sí nos puede remitir a esa dependencia que siempre ha existido entre los hogares y la oferta de entretenimiento distribuida a partir de aparatos conectados por medio de un cable, dependientes completamente de lo que las cadenas hacían o, mejor dicho, de cuando las cadenas decidían, igual que un bebé en el útero materno está a expensas de las decisiones que toma su madre.

Los tiempos cambian y las generaciones más jóvenes empiezan a tomar decisiones por su cuenta, a independizarse de los movimientos de los actores tradicionales del sector y se vuelven hacia otros modelos de consumo, algunos de ellos también gestionados por estos grandes, más por necesidad que por convicción. Es así como los espectadores comienzan a prescindir de las parrillas de televisión y a conformar sus propios espacios, consumiendo los productos cuando y como mejor les conviene, sin ataduras. La llegada de actores como Netflix, Hulu, Apple TV, Nubeox, Amazon o la recién adaptada Sling, y la puesta a disposición de cualquiera de los contenidos principales de las cadenas en sus páginas web, da un giro crítico al mercado, que se transforma por completo. Un cambio más relevante en EE. UU., donde se paga una importante cantidad de dinero por acceder a las principales cadenas de televisión vía cable.

Si nos atenemos a la descripción de la techopedia sobre ‘cord-cutting’, la expresión estaría respondiendo a cuestiones basadas principalmente en las ventajas económicas derivadas del menor coste de acceso a los contenidos. Entre sus ventajas, destacan también la significativa reducción de la publicidad y la ausencia de canales que no interesan. Por otra parte, hay también algunos inconvenientes, como las limitaciones del ancho de banda, el no poder acceder a determinados canales que aún no se incluyen en estos servicios y, muy especialmente, los acontecimientos deportivos, que siguen siendo uno de los principales atractivos de la televisión tradicional, en EE. UU, en España y en la China Popular.

Pese a los inconvenientes, hablamos de generaciones dispuestas a cortar el cordón y otras aún más jóvenes que nacen directamente sin él, sin dependencia, sin ataduras, con total libertad para elegir qué consumen, cuando y cómo entre todas las opciones que existen en su pantalla, por medio de una conexión a internet que, a menudo a través de una wifi, literalmente, no dependen de un cordón, aunque está sea solo la metáfora utilizada para describirlo.

Como mencionábamos antes, la llegada de nuevos modelos de negocio como Netflix han supuesto un gran cambio, uno que ha tirado de los usuarios y ha mostrado una nueva manera de distribuir cine y televisión hasta el momento solo tímidamente insinuada. Tras su éxito y ¿por qué no decirlo? la imparable facilidad con que en la Red están a disposición de cualquiera los contenidos ya estrenados (a veces incluso los que no se han emitido), los medios tradicionales se van adaptando. Se suben en marcha a un carro cuyos beneficios económicos aún no están definidos del todo y cuya explotación, por el momento, se divide entre las interrupciones de la televisión tradicional (anuncios), los micropagos por ver un contenido concreto o las suscripciones por meses por acceder a un paquete de contenidos más amplio. El reto es atender un ya nada nuevo escenario, que aún hoy es tan incierto como en sus primeros tiempos, y en el que hay que estar necesariamente: si no lo hacen los que tienen los contenidos, otros vendrán y sacarán partido de ellos, de forma más o menos legal.

Y no hablamos únicamente de las series y programas que las cadenas de televisión cuelgan en sus webs; también hay servicios que engloban todos estos contenidos y que beben de los principios de los “cord-cutters”. Nos referimos a cosas como el iPlus o el TiVO, uno más reciente y el otro un clásico del mercado norteamericano, que fue posiblemente el primero en adivinar que los hábitos de consumo de los espectadores podían cambiar, evolucionar hacia otras formas más inteligentes, en las que se pueda aprovechar mejor el tiempo, en las que se puedan ver más contenidos e incluso fidelizar a una audiencia que tiene una vida que atender, pero que no quiere prescindir de un buen entretenimiento que, a menudo, es incompatible con su día a día.

Empezamos por grabar en vídeo las películas que acababan demasiado tarde y acabamos desestructurando por completo un sector que parecía inamovible.

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