De premios y alfombras de colores, una mirada cínica

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Llega la época de premios en el mundo cinematográfico y televisivo y muchas son las cosas a tener en cuenta, aparte de la calidad de los productos nominados o finalmente premiados. Los premios Goya o los jóvenes Feroz, coinciden en tiempo con otros de mayor renombre como los Globos de Oro o incluso los Oscars de Hollywood, todos ellos premiando con mayor o menor acierto pero, por encima de todo, dando titulares, que es al fin y al cabo lo que se busca ¿o no eres tú de los que alguna vez han pensado que algunos de los nombres en la lista están ahí solo para provocar?.

Y es que a menudo, en este mundo del audiovisual, el entretenimiento, la cultura, es tan importante un buen trabajo, una creación, como el ruido que esta genera, un ruido que puede convertirse en dulce melodía para todos los trabajadores que ponen su tiempo, esfuerzo e ilusión en sacar adelante un proyecto o en una agitada pesadilla para quienes no han visto recompensado el esfuerzo o, aún habiendo hecho en forma de premio, solo encuentran opiniones negativas al resultado final. Tan difícil poner de acuerdo a la crítica, la taquilla, el espectador medio y el reconocimiento en forma de premio que, cuando ocurre, termina por aburrirnos y cansarnos ¡por favor, por favor que no le den más premios a True Detective!

Hay premios en todos los ámbitos de la creación cultural, desde la literatura a la escultura o la arquitectura, pero ninguno de ellos está nunca a la altura mediática del cine, ese séptimo arte tan denostado a veces pero que es, quizá y por méritos propios, una de las más accesibles e influyentes formas de transmitir cultura de nuestro tiempo. Incluso en las películas más absurdas, las más simples, las que nos hacen sentir que hemos perdido el tiempo o incluso el dinero, hay algo de poso, una cita, una estampa de otras culturas, un lugar geográfico por conocer. Aunque solo sea por eso, hay que ver películas, y series, hoy en día a la altura de cualquier film, por alta o baja que esta sea y debería haber hasta una asignatura en los colegios destinada a alimentar el interés por ver historias contadas en vídeo, del mismo modo que se alimenta el interés por la literatura.

Pero volvamos al tema de los premios: ¿alguna vez os habéis preguntado qué es lo más relevante en una entrega de galardones o qué los hace tan conocidos y reconocidos? No son los premios en sí mismos, qué va, es la alfombra roja, son los modelitos que lucen las estrellas, sus peinados, sus caras de emoción ante el momento clave de la noche y, por supuesto, sus discursos. Es el ‘star system’ que se crea en torno a ellos, a esas caras visibles de la industria que a menudo nos pueden parecer unos memos con talento (o ni siquiera), pero a quienes estamos deseando ver fuera de los papeles con los que nos emocionan, desde los que nos cautivan o molestan.

El cine y la televisión serán siempre esenciales para la evasión, el entretenimiento y la educación de las personas, también del adoctrinamiento o el aburrimiento supino, no va a ser todo positivo, pero no podemos olvidar que mucho del éxito de algunas de sus piezas se lo debemos al marketing, a la comunicación que se hace más allá del boca-oreja, a las historias que nos cuentan sobre las dificultades de la producción, sobre los retrasos en los plazos, los cambios de actores y directores, las cadenas que rechazan pilotos que terminan en la competencia, todo ese extra de interés que al final, termina reducido a unos tipos vestidos de caros modelos de alta costura paseando por una alfombra, antaño siempre roja y ahora del color del patrocinador de turno. Otro elemento sobre el que se habla mucho, algunos para criticar la manera en que el arte se vende a los patrocinadores, otros para alabar la capacidad de inventar para sacar dinero donde antes solo había pisotones.

Suena terrible, ¡ay, si los hermanos Lumiere levantaran la cabeza y vieran en lo que se ha convertido su gran invento y cómo hemos pasado de ver a la gente anónima entrando y saliendo de un tren, a estar interesados únicamente en saber de quién es ese vestido de seda y por qué yo no puedo comprarlo!. Marketing, marketing y más marketing, actores haciéndose pasar por lo que no son una vez más, mostrando dientes frente a las cámaras una noche más, con la complicación añadida de saber que encima en esta ocasión solo uno saldrá ganador. Y, sin embargo, ahí están todos, con su mejor cara, atendiendo a los medios y conscientes hasta el final de la importancia de este mundo de ficción que se crea en cada gala de premios, un mundo de glamour y excesos que, en última instancia, sirve para que la rueda siga girando, para que el público siga estando ahí, esperando un nuevo título de sus actores favoritos, una nueva entrega de su serie soñada, una nueva historia.

Y detrás de todo ello, de toda la farsa, de toda la ficción travestida de realidad, un buen puñado de profesionales que nunca pisarán la alfombra, que nunca verán sus nombres en grandes letras al comienzo de una película o una serie de televisión, que nunca escucharán sus nombres pronunciados por una gran estrella frente a millones de espectadores, limitados a ser una línea más en una larga lista que acompaña a los responsables de barrer las palomitas en una sala de proyección ya vacía, donde solo un par de románticos espectadores se queda hasta el final.

La alfombra roja, el ‘star system’, los premios, en ocasiones tan rancios como importantes para el buen fin de la obra audiovisual, tan alabados en países como EE.UU., donde saben cómo hacer bien las cosas en materia de promoción y tan criticados y denostados en nuestro país. Una España que no entiende de lujos, paripés, que no acepta bien el éxito ajeno y que mucho menos quiere ver a los famosos presumir de cómo han llegado o siquiera de haber llegado, menos aún si lo hacen enfundados en caros modelos y taladrando la alfombra con sus tacones de aguja. No, nosotros nos creemos que aquí las cosas se venden solas, que los que dan la cara en televisión o en las pantallas prefieren pasar la noche de fiesta en fiesta en lugar de acurrucados en el sofá frente a la chimenea, que esos actores y actrices solo buscan restregarnos por la cara lo estupendos que son, lo bien que les va y lo chachis que son sus películas, como si eso no formara parte de su trabajo igualmente. Ojo, que los habrá también, claro ¿o acaso no tenemos todo algún chulito en la oficina?.

Créditos de la imagen: Elena Larina

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Susana Alosete

Tras una década como productora en distintos canales temáticos, Susana analiza la televisión desde su blog Chicadelatele.com y otros medios en los que colabora de forma independiente.

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