¿Tienen los trucos de magia derechos de autor?

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Hace apenas unos meses el conocido mago español Jorge Blass, reconocido como uno de los mejores en su género en nuestro país, hacía un aparentemente sencillo pero muy resultón truco de magia en el programa En el aire, de Andreu Buenafuente. En este truco combinaba la lista de personas a las que el presentador sigue en Twitter con el clásico truco de hacer aparecer a alguien en una caja que previamente se ha presentado vacía, dejando sin habla a todos los presentes.

El truco no es especialmente espectacular, sí muy llamativo, pero la combinación de algo tan moderno como una lista de personajes tuiteros con un truco “de los de toda la vida” ha sido suficiente para despertar la curiosidad de David Copperfield, considerado como el mejor mago de los últimos tiempos, hasta el punto de comprar el truco a Blas para poder reproducirlo en sus espectáculos.

La noticia ha sido publicada en varios medios españoles como ejemplo de éxito del mago y su repercusión más allá de nuestras fronetras, pero también ha hecho conscientes a muchos de la importancia que los derechos de autor pueden tener en un mundo aparentemente tan ajeno como el de la magia.

Tradicionalmente repetidos de gala en gala, de teatro en teatro, de plató en plató, podría parecer que los trucos de magia son algo que va pasando de generación en generación, que algunos aprenden desde niños gracias a la caja de iniciación de Juegos Borrás y que forma parte de la cultura popular. Y no les falta razón, pues hay una importante cantidad de trucos tan viejos como la ilusión de la magia, nacidos nadie sabe dónde, ni cuándo, cuyo origen es imposible de reportar. No ocurre lo mismo, sin embargo, con algunas de las nuevas figuras de la magia, que hoy día dan la vuelta al mundo en vídeo, que muestran sus creaciones en grandes teatros y programas de televisión y a los que es fácil identificar como padres de algunos de los más sorprendentes juegos de manos.

Ser mago es una profesión que requiere de mucho talento pero, muy especialmente, de mucha práctica y capacidad para renovarse. Aunque son mayoría los espectadores que desconocen lo que se esconde tras sus trucos, es cierto que el factor elemental no es tanto el “cómo se hizo” como el elemento de sorpresa que lo acompaña y por ello es imprescindible que los profesionales de la materia se vayan renovando y, a ser posible, creando su propia personalidad y, de paso, sus trucos más reconocibles.

Pero, ¿son efectivamente los trucos de magia susceptibles de estar amparados por los derechos de autor? Todo depende de la legislación propia de cada país y de la capacidad para aportar información que certifique que, efectivamente, ese truco es fruto de la imaginación de un determinado artista y no la reproducción del trabajo de otro que a su vez podría haberlo visto en un tercero. Registrar las ideas siempre ha sido una cuestión muy delicada y podría bastar con modificar dos o tres elementos del planteamiento del sketch que lo acompaña para que fuera calificado como algo distinto.

Pero no es este el principal escollo a la hora de determinar si un mago puede exigir sus derechos sobre un truco de magia concreto, sino el propio registro del mismo. Como toda obra sobre la que se quiera determinar una autoría, los trucos de magia han de estar registrados como tales y esto supone echar por tierra una de las principales bazas con las que juega un mago: la revelación del truco. Por mucho que los magos se sepan la mayor parte de las trampas que se esconden tras la ilusión de la magia, los más reputados de la profesión son precisamente aquellos que logran engañar a sus compañeros. Y el secreto de su éxito, ser capaces de guardar esas trampas el mayor tiempo posible al mayor número de personas, algo incompatible con el hecho de registrar un truco por el interés de preservarlo como propio.

Ya en los años 90 hubo un programa de televisión que explicaba algunos de los secretos menos conocidos de los magos y que supuso un quebradero de cabeza para las cadenas que lo emitieron, tanto en su país de origen, EE.UU., como en España. Magos y asociaciones de ilusionistas se consideraron afectados por esta revelación de secretos y a punto estuvieron de demandar a las cadenas que emitían el programa. No es el único ejemplo y no son pocos los magos que ocasionalmente han buscado sus minutos de gloria en televisión, no tanto por su capacidad para hacer magia, como por la de revelar lo que se esconde tras ella. Una vez más, surge una pregunta derivada, ¿cuánto daño hacen realmente estas revelaciones a los profesionales de la magia?

En un negocio como este en el que la virtud no reside tanto en el qué sino en el cómo, quizá lo importante no sea tanto preservar los trucos o la autoría de los mismos, sino la capacidad para hacerlos parecer reales y el espectáculo con que se acompañen. A excepción de los más pequeños, la ilusión de la magia no se pierde por conocer cómo está hecho el truco, pero no cabe duda de que esto tiene su valor y de que la capacidad para crear nuevas fantasías sobre viejas estructuras ha de ser tenida en cuenta y ha de valorarse en su justa medida. Si hay algo que está claro es que los nuevos trucos no salen de una chistera.

Créditos de la imagen: jorgeblass.com

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