El copyright nació en el Salvaje Oeste

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Los colonos y vaqueros eran los buenos; los indios cortaban cabelleras. La frontera de los Estados Unidos era Luisiana. A partir de ahí todo era el Salvaje Oeste, un territorio inhóspito, sin civilizar y supuestamente fértil. Hollywood retrató aquella época con tintes maniqueos hasta crear un género llamado ‘western’. Allí, en esa frontera, nació el copyright.

Las tribus indias americanas defendían sus tierras. Los forajidos y los pistoleros desenfundaban sus pistolas y se creían sus propias leyendas. Y las caravanas de colonos, familias con padres, madres y niños, emigraban de las atestadas ciudades del Este hacia una tierra prometida, aún salvaje y peligrosa.

El presidente Thomas Jefferson dijo que en la nueva frontera habría oportunidades. y, en esa década de conquista -1804-, un libro de ruta o un buen mapa podían salvarte la vida. Así, nació el copyright.

Los orígenes del ‘derecho de copia’ (traducción literal en inglés) datan de aquellos años del Far West. La Ley de Derechos de Autor de 1802 se aprobaba en el Congreso de los Estados Unidos y su órgano gestor era la Biblioteca de dicha institución.

“Es cuando nace el derecho de copia de libros, cartas y mapas. Hay que tener en cuenta que los mapas de las expediciones hacia el Oeste estaban muy cotizados, por lo que se crea el copyright para proteger su autoría”, explica Pascual Barberán, abogado y profesor de Propiedad Intelectual.

Sin embargo, esta ley pionera no parió el símbolo del copyright –la letra c cercada por un círculo- hasta un siglo después, en el Acta del Copyright de 1909.

Toro Sentado y Buffalo Bill aparecerían después como dos de los personajes legendarios de aquel Salvaje Oeste, mientras los Estados Unidos veían cómo un siglo daba paso al siguiente.

Aquel Acta recogía el derecho de copia o derecho de autor. Los legisladores quisieron, en un primer momento, que la palabra copyright precediera al nombre del artista en toda obra literaria (libros), teatral (libretos) o partitura (música). Sin embargo, también incluyeron el arte pictórico.

Consideraron los cuadros como “desmontables”; es decir, sin marco, las pinturas eran lo más parecido a un pergamino o al papel. En los lienzos, por tanto, debería aparecer ‘copyright’ junto a la firma de puño y letra del pintor.

La polémica que suponía aquello entre las élites intelectuales de la época hizo que toda una palabra se convirtiera en abreviatura.

No en vano, los legisladores chocaron contra la oposición de las organizaciones de artistas plásticos. Entre 1905 y 1906, durante la elaboración previa del Acta, ningún pintor deseaba que ese nuevo vocablo –copyright- manchara su firma en el lienzo. Nunca. Jamás. Querían los derechos y el registro de la autoría, pero no a costa de un estropicio estético.

Finalmente, el Acta de 1909 optó por permitir la posibilidad de abreviar la palabra copyright en determinados supuestos: los lienzos. Así nació el símbolo; así la ley encerró, dentro de un círculo, la primera de sus letras: la c, de copia.

Créditos de la imagen: mrdoomits

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