¿Es un ebook un libro?

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Una de las grandes torturas que destrozan los nervios del conocedor del mundo digital es descubrir que aquellos que tienen auténtico poder sobre el mercado del libro electrónico y su futuro suelen ser analfabetos funcionales. Iba a añadir de lo digital, pero lo dejo así, porque incluso quien no consume habitualmente productos sin soporte físico es capaz de entenderlos a poco que lea habitualmente los periódicos o que abra la entrada de la wikipedia correspondiente a ebooks, que se digiere completa en unos veinte minutos.

Cabe pensar que alguien cuyo mercado es el libro electrónico o que se ve obligado a legislar o sentar jurisprudencia sobre él dedicaría al menos unos minutos a informarse y reflexionar sobre el particular, pero esa parece una hazaña titánica. Y en el caso de los jueces del Tribunal de Justicia Europeo, imposible.

Si un escritor ya lo tiene crudo con el mercado cada vez más reducido, los anticipos más pequeños y la uniformidad de criterios editoriales -que parece pretender que todos los escritores de este país escriban novelas sobre mujeres sufridoras en entornos históricos-, temas todos ellos de los que hablaremos detenidamente en este espacio, lo único que le faltaba era que destruyesen la esperanza del mañana. Los libros electrónicos son el presente para muchos y el único futuro para los escritores que empiezan o que rozan por arriba o por abajo la cuarentena. Cuando un escritor escribe, crea un producto cultural para ser consumido. El hecho cultural no se produce cuando se pone punto y final a la novela, ni cuando se edita. Hasta ese instante tanto daría que se hubiese puesto en el mercado la última de Javier Marías, una morcilla de Burgos en geltex con sobrecubierta, o las memorias de Belén Esteban, por citar de mayor a menor valía.

Tampoco se produce el hecho cultural cuando el potencial cliente cruza las puertas de la librería, ni cuando curiosea entre las abarrotadas mesas de novedades, ni cuando el librero le recomienda “El Jilguero” como alternativa al hartazgo de las novelas landscape y las insufribles Sombras de Grey y sucedáneos. Ni siquiera cuando el cliente supera el miedo a lo desconocido y se fía de su librero, o de su intuición, o de lo que sea que le ha hecho elegir un título en concreto de los 70.000 que se publican anualmente en España, pagarlo y marcharse a su casa. La de imposibilidades estadísticas que han de darse para que eso ocurra son incontables, pero hasta aquí no ha habido cultura.

Sólo mercado. Sólo negocio.

El hecho cultural se produce en el momento en el que el consumidor mete a sus hijos en la cama o cierra los apuntes de la facultad, se acomoda en su sillón favorito, abre el libro y se pone a leer. No tuitea, no pone Sálvame DeLuxe, no se pone a jugar a las damas o a practicar sexo. Abre un libro y lee. Y ahí el consumidor se convierte en lector. Cual mariposa surgida de la crisálida, ese ser que hasta hace pocos instantes era solo un número en manos del materialismo dialéctico, cierra el circuito que hace meses, o años, inició el escritor al presionar la primera letra sobre un teclado o rasgar el papel con la tinta. Llama a alguien Ismael, se despierta convertido en monstruoso insecto, recuerda la tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo o sueña con que regresa a Manderley.

Ahora eliminemos todo el proceso anterior. Imaginemos que el consumidor ha ido directamente a su casa, ha abierto su ereader y se ha comprado el libro por Internet. Y se marcha a Comala, o a La Mancha, o a la Tierra Media. El hecho cultural se produce igualmente. De forma más fría y menos romántica, pero el resultado es el mismo. Idéntica mariposa surgida de la crisálida.

Para la Unión Europea, sin embargo, no es lo mismo. Porque en el primer caso el IVA con el que está gravado el libro de papel es del 4%, mientras que en el segundo caso el ebook lleva un 21%. ¿Por qué? Se preguntará usted, sin comprender nada. Pues porque los jueces dicen que un ebook no es un libro, sino un servicio electrónico. Y lo han dicho tras la demanda de unos editores finlandeses que esperaban tumbar la directiva europea que los considera así.

Tal grado de estulticia judicial y legislativa sólo es entendible si no es cálculo sino afán recaudatorio de cara al futuro, o pretensión de hundir la industria. Porque si no es un libro, entonces deja de estar regulado por la Ley del Libro. Y es carne de cañón para que Amazon cobre por él lo que le dé la gana, no importa lo que quiera el editor. Además de ayudar a echar más todavía al lector en manos de la piratería. Así de simple.

 

Créditos de la imagen: Andriy Kravchenko

Juan Gómez-Jurado

Juan Gómez-Jurado es periodista y escritor. Autor de El Paciente, y otras cuatro novelas traducidas a 40 idiomas, Gómez-Jurado es uno de los autores españoles que más ebooks ha vendido, con más de 5 millones de ejemplares.

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Publicado en: ebook, literatura
  • ramonpuchades

    Se podría decir más alto, pero no más claro.

    Cada vez leo menos el libro en papel, en el sillón. No porque no me guste, sino porque no me da el tiempo, ni los niños ni, si me apuras, la cabeza para esa lectura sosegada.

    Pero leer en el ebook reader de la tableta me ha abierto un nuevo mundo infinito de posibilidades: la guerra de guerrillas. Leo como un guerrillero de los relatos en los trayectos en el transporte público, en las esperas y, sobre todo, en los viajes (la mayoría de trabajo).

    Pero el ejército regular de editores cortos de miras que, por ejemplo, no ponen a mi disposición una copia digital con coste residual cuando compro un pesado libro de más de 20 € el ejemplar y la policía legislativa con normativas como las que mencionas, amenazan de muerte a esta feliz actividad guerrillera sin ninguna razón de interés, sólo por inercia, miedo o lobbys que emergen del pasado.

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