Así se democratizan hoy los espectáculos musicales

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Ver una Ópera en vaqueros ya no es un problema, ni tampoco asistir a un concierto de rock en pijama o disfrutar a tope de Star Wars entre película y película. La revolución de los formatos ha llegado para quedarse, en muchas más formas de las que originalmente pensamos. Ya no es solo que consumamos audiovisuales de una forma hasta ahora inédita, o que los libros y la música estén a un clic de distancia: es mucho más y, sobre todo, las posibilidades son inmensas. En este mundo en el que todo se mezcla, en el que las constricciones propias de cada formato han dejado de ser un problema, solo la imaginación de los creadores y los distribuidores puede limitar la manera en que nos entretenemos.

Tenemos decenas de ejemplos, pero estos días hay uno que está siendo muy comentado, aunque solo sea por la maquinaria promocional que lleva detrás: se trata de los conciertos de Star Wars, a propósito del estreno de la última entrega de una saga que recaudará millones en taquilla y en ‘merchandising’ variado, pero que ha sabido explotar otras facetas culturales con maestría. No es la primera vez que este espectáculo llega a nuestro país, pues hace ya años que distintas orquestas filarmónicas se pasean por el mundo con la épica de unos temas que remueven a los fans más apasionados de las películas, pero que también gustan a quienes solo buscan disfrutar de un buen concierto, con una buena orquesta, con ese subidón de adrenalina que proporciona una gran sección de viento o unos percusionistas de primera.

Esta iniciativa no es patrimonio único de esta saga, pues la música de las películas ha sido siempre uno de los elementos más importantes de una creación cinematográfica; no en vano, sus creadores son considerados tanto como el propio director o los guionistas. Se lleva así a los teatros una partitura que bebe de los clásicos más imponentes para retomar un gusto por la música que parece haberse complicado en las últimas décadas, convirtiéndose en un entretenimiento cultural elitista y reservado a los más adinerados.

Algo parecido ocurre con la ópera, posiblemente el ejemplo de espectáculo cultural más elitista del mundo, el que rápidamente nos lleva a un imaginario de hombres vestidos de esmoquin y mujeres de traje largo, muy probablemente procedentes de un elegante restaurante de cubiertos de plata. Un espectáculo inaccesible, no solo por los precios de sus entradas, también por la escasez de su disponibilidad, que redunda en esa consideración elitista del espectáculo. Hasta que alguien pensó que el cine podría ser un buen medio para explotar estas obras y las salas se llenaron de tenores y sopranos que, desde remotos lugares del mundo, representaban las más importantes obras en la comodidad de un cine corriente, en vaqueros y, si me apuras, hasta palomitas en mano. Si esto no es democratizar la cultura, que venga Otello y lo vea.

Estos cruces de formatos no son exclusivos de los grandes eventos clásicos. Los conciertos de rock y pop como evento televisivo para el que también hay que comprar una entrada o al que accedemos a través de un patrocinio ya llevan tiempo funcionando y son una estupenda manera de asistir a citas que de otro modo se  nos antojarían imposibles. Ya sea el último concierto de Coldplay en España, emitido a través de YouTube y patrocinado por una tarjeta de crédito, como el aclamado duo Tony Bennet-Lady Gaga, que sorprende a los clientes de la televisión de pago. No es lo mismo que estar allí, evidentemente, pero nos permite un cierto viaje a lugares a los que no podemos ir y en los que ocurren cosas extraordinarias.

Un ejemplo reciente: El concierto de Adele en la NBC lo vieron hace unos días más de 11 millones de personas, y se convirtió en el más visto de la historia de la televisión en 10 años. La cultura es imparable, la música siempre suena allí donde hay alguien dispuesto a escucharla y la manera de acercarla a los ciudadanos nunca estuvo tan viva ni tuvo tantas formas de expresión.

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Publicado en: Eventos, Internet, música

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