¿Guionistas y escritores, sustituidos por inteligencias artificiales?

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Con tanto experto hablando de la nueva revolución industrial en la que estamos inmersos, derivada de la tecnología y en la que una vez más numerosos puestos de trabajo desaparecerán en favor de las máquinas, son muchas las pruebas que se van haciendo con distintos tipos de tecnología para conocer hasta qué punto algunos puestos de trabajo serán prescindibles en un futuro próximo. Si en la primera revolución industrial las máquinas pasaron a hacer gran parte del trabajo puramente mecánico, la novedad en esta segunda vuelta es la introducción de la inteligencia artificial y la manera en que estas mismas máquinas pueden pasar a hacer un trabajo intelectual que hasta ahora nos parecía insustituible.

Son numerosos los experimentos que apuntan a que la inteligencia no es más que una suma de códigos que, bien configurados, nos llevan a tomar las mejores decisiones y que uno puede ser tanto más inteligente cuanto mayor haya sido su exposición a las distintas circunstancias vitales, conociendo cuál es el resultado posible de cada decisión que tomamos, algo difícil de abarcar para un cerebro humano, pero aparentemente sencillo para una máquina que solo tiene que acumular y acumular opciones y resultados, para devolver el que considera más adecuado en cada ocasión particular. Y en medio de toda esta toma de decisiones, por supuesto es esencial enseñar a las máquinas a hablar, a componer frases gramaticalmente correctas y además coherentes. Para nota ya, el hecho de que la máquina piense por sí misma, expresándose con frases que no necesariamente le han sido “cargadas” en una fase anterior, un avance verdaderamente complicado, pero que está en marcha y funcionando.

Si conseguimos que las máquinas no solo hablen, sino que además creen de la nada, unan contenidos y estos tengan sentido, lo siguiente es pedirles que creen historias y que estas además funcionen mejor que las de los humanos, al tener una serie de códigos lingüísticos debidamente comprobados, que harían de estas creaciones un producto inicialmente más atractivo que aquellos salidos únicamente de la mente brillante de un guionista, que no parte de logaritmos ni análisis de datos previos. ¿Podría ocurrir que esos puestos de trabajo que consideramos protegidos de la revolución tecnológica que nos acecha, también se vieran afectados? ¿Imaginas que la creatividad quedara en manos de inteligencias artificiales? Unas máquinas que dan unos resultados mejores de audiencia, que trabajan horas y horas sin necesidad de descanso, que pueden cambiar de una serie a otra, de una novela a otra, sin necesidad de ‘resetear’ la mente con unos días de playa y que, por supuesto, no piden aumentos de sueldo, ni se enfadan con las cadenas cuando estas cambian de horario su producto o lo cancelan por falta de audiencia… sobre todo porque, brillantes como son, sus contenidos serán siempre un éxito que no necesitará ser cancelado ni cambiado de día en la parrilla.

De momento, parece lejano, pero veamos. Es un futuro algo terrorífico que está por mejorar, al menos a la vista de las primeras incursiones de la inteligencia artificial en esto de la creación de ficción, que no parecen dar muy buenos resultados. Han trascendido algunos ejemplos que apuntan a que, pese a estar en el camino, este todavía queda lejos de ser una alternativa, tanto si se trata de hacer comedia en directo, con público real, como si se apuesta por la novela romántica o las películas de ciencia ficción.

En el primero de los casos, ya hemos podido comprobar cómo Annabel y Ava, dos robots cargados de sentido del humor, no logran comunicarse entre ellos ni con una audiencia real con suficiente gracia como para sustituir a importantes nombres de la comedia como Chuck Lorre, Ricky Gervais o Larry David. Hoy son dos robots capaces de repetir algunos chistes y autosuficientes para interpretar algunas de las palabras que se les dicen y responder con cierta coherencia, pero poca gracia. Un entretenimiento pueril para fiestas caseras, que necesita mejorar.

Peor es la parte literaria que ha intentado Google en un experimento en el que cargó 2.865 novelas románticas y 1.500 libros fantásticos en un sistema de inteligencia artificial al que luego enseñaron a pensar, ofreciendo al sistema una serie de frases que debería relacionar con otras de las que aparecían en los libros que le habían sido cargados. Tras meses de trabajo, se le pidió a esta mente que creara algo parecido a una poesía y el resultado no ha podido ser más inquietante. Pese a que las frases están correctamente construidas y efectivamente podrían parecer un poema escrito por un ser humano, sorprende que, tras tanta lectura romántica, tras tanto amor imbuido a través de bits, lo que este sistema inteligente saque en conclusión sea un poema oscuro, tenebroso, triste y deprimente, uno que incluso habla de matar. Resulta inquietante, aunque también es cierto que uno puede fácilmente entender cómo una máquina sin sentimientos, sin la capacidad para discernir el peso que pueden tener los buenos ratos en una relación amorosa complicada, las dificultades de un amor a distancia o el sufrimiento inevitable de un amor adolescente, termine por concluir que esto del romanticismo y el amor es una lacra y algo que deberíamos eliminar de nuestras vidas porque no aporta nada bueno. Lógico y coherente, sí, pero ¿qué sería de nosotros sin esta montaña rusa de emociones? ¿qué harían las series de televisión sin Shonda Rhimes y sus atormentados protagonistas, sin Teresa Fernández-Valdés y sus locuras de amor?. Otro género en el que la inteligencia artificial aún tiene mucho camino por recorrer.

El último ejemplo nos trae hasta la creación directa de guiones, en un experimento llevado a cabo por un experto en tecnología y un cineasta que, tras alimentar a un ordenador con múltiples guiones de ciencia ficción, entre ellos Matrix, Blade Runner o X-Men, le pidieron que crease una obra propia. Para ello, tan solo ayudaron con la premisa de arranque de la historia a elaborar, una muy sencilla: en un mundo con un paro extremo, la gente sobrevive gracias a los ingresos que consiguen vendiendo su sangre. Era un punto de partida que la máquina podía elegir utilizar o ignorar, creando algo completamente nuevo. A diferencia de otros ejemplos parecidos, en este caso además se contrató a un grupo de actores y técnicos para grabar el resultado y el corto, de algo menos de 10 minutos, es una sucesión de frases sin mucho sentido, inconexas, en las que predominan los diálogos absurdos y un recurrente “no sé qué quieres decir con eso” que resulta muy revelador, pues da una idea de lo absolutamente perdida que está está inteligencia artificial cuando ha de crear cierto tipo de contenidos.


No está muy lejos de algunas obras de teatro experimental que hemos podido ver, pero, por el momento, una conclusión queda clara: Guionistas y escritores del mundo, vuestros trabajos están aún muy garantizados, al menos, en lo que respecta a la amenaza de una máquina creando historias por vosotros.

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Susana Alosete

Tras una década como productora en distintos canales temáticos, Susana analiza la televisión desde su blog Chicadelatele.com y otros medios en los que colabora de forma independiente.

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