La edad de la cultura

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Creo que una de las muchas cosas magníficas de ser niño es la capacidad de absorber cual esponjas todo aquello que se nos ponga delante de los ojos, de los oídos, del tacto… Y tengo la seguridad de que las expresiones culturales, todas ellas, tienen en los niños su receptor, su público, más incondicional. Ignoro, sin embargo, por qué se nos olvida cuando somos mayores, quizás cuando nos hemos metido en el saco de los comportamientos estándar, que todos nosotros -todos, digo- fuimos “niños prodigio” en la medida de nuestras circunstancias sociales y económicas. En otras palabras: niños, pero no tontos.

A las pruebas me remito: llevamos a los niños al teatro infantil, y están encantados… ¡si es bueno! (no hay críticos más implacables); pero les llevamos a un espectáculo algo más, digamos, adulto, y si visual o musicalmente es de calidad, el niño está también entusiasmado. Que, ¿quizás no entiende los mensajes, el trasfondo, lo que quiso decir el autor entre líneas…? Bueno: sí; muchos adultos tampoco. Aunque un tierno infante, con su capacidad de abstracción sin fisuras, se enamorará de esa ópera de la que solo ha entendido que a un señor le gustaba mucho una señora (“¡qué rollo los mayores… siempre con lo mismo!”), pero que le ponía la carne de gallina cuando los dos cantaban a dúo superponiendo sus voces al sonido de la orquesta, con una música que le impregnó y que enseguida fue capaz de tararear, cuando no de interpretar el papel del tenor o la soprano sin que le falte una sola nota.

Desde que se tambalea en sus primeros pasos, un niño que escucha a Mozart o Beethoven, al que leen poemas de Lorca o de Tagore, que asiste a una representación de Madama Butterfly o de Mamma Mia, que entra en el Prado a ver Las Meninas o participa en su colegio en el concurso de dibujos navideños, que va a ver En alas de la danza, La Bella y la Bestia en cualquiera de sus versiones, El lago de los cisnes o Disney on ice o al que llevan a Mérida a ver Troyanas o al corral de comedias rehabilitado a ver La dama boba… será un niño capaz de decir que le gusta Rabindranath Tagore, Velázquez, La flauta mágica, Chaikovski, Eurípides o Lope de Vega. No entenderá todo lo que vea y oiga, claro; pero tendrá un bagaje cultural que llevará ya siempre consigo, que le permitirá ir asimilando todo en la medida en que madure y que le abrirá puertas mentales, incluso físicas, para entrar en otros universos socioculturales.

El único secreto es que las actividades culturales las hagamos los mayores con los niños. Padres, abuelos, hermanos mayores, tíos… Aquellos que estemos más próximos a los pequeños, que tenemos capacidad para contestar a sus (¡muchas!) preguntas, que sabemos cómo entusiasmarles con un plan, somos los responsables de que esos futuros hombres y mujeres tangan aprecio y respeto por la cultura y quienes la generan, si es que ellos mismos no forman parte del universo de creadores cuando les toque elegir.

Creo también que la Comunicación, que es mi oficio, tiene mucha responsabilidad en todo esto. Por un lado, me refiero a empresas e instituciones que aún no ven al niño como “cliente” y del que se olvidan en sus campañas; por otro, a los medios que están en lo mismo y que les viene bien jalear, porque da clics, a los mediocres que se ríen de un renacuajo de cinco años que recita (y pone voces) Las dos grandezas de Ramón de Campoamor o de la chiquilla de diez que prefiere ver Forrest Gump a subproductos, surgidos de vaya usted a saber qué mente calenturienta, realizados con recursos (y calidad) ínfimos y cuyo único fin es llenar varias horas al día de programación televisiva bajo coste.

Tenemos la obligación que comunicar que un niño no es raro porque tararee “Canción de cuna” de Brahms en vez de recitar de memoria las alineaciones de las selecciones de fútbol que ganaron el mundial; y no tiene por qué ser excluyente una cosa de la otra, que conste. Porque, ¿lo ven?… El niño dirá que le gusta, y seguro que le gusta de verdad, lo que observe que emociona a sus padres, lo que haga con ellos, insisto.

Las organizaciones que se relacionan de una u otra forma con la cultura deben plantearse en serio que tienen la misión de recordar lo que decía al principio: que todos somos “niños prodigio” capaces desde la cuna de empaparnos de cultura. Y sospecho que para ello no son suficientes acciones educativas -sé que aquí “abro un melón” que implica horas de debate, pero…-, sino que éstas precisan de un buen plan de Comunicación con proyección a largo plazo. Es decir: Comunicación para transmitir educación cultural. Será la herramienta que posibilite romper el círculo vicioso en el que los mayores y los acosadores humillamos al niño “diferente” y aplaudimos al “estándar”. Se trata de reducir paulatinamente el número de éstos últimos para evitar que se conviertan, como ya sabemos que sucede, en adultos que van a repetir el modelo despreciativo sin despeinarse. Por cierto, suelen ser los mismos de los que algunos se quejan: los que no respetan la creación cultural.

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Jesús Ortiz

Consultor Sénior de Comunicación at Estudio de Comunicación
Comunicador y periodista. En la actualidad es jefe del Área de Formación de Estudio de Comunicación, consultora líder en el sector, con despachos propios en Madrid, Buenos Aires, Lisboa, Santiago (Chile) y México D. F. Como Consultor sénior de la Firma, viene desarrollando desde 1987 responsabilidades en Comunicación Corporativa para varias empresas e instituciones, que ha compatibilizado con la creación y dirección de Medios escritos y audiovisuales y la dirección de centros de formación en periodismo audiovisual.

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