No es sólo lo que parece ni están todos los que son

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En los últimos años de mi trayectoria profesional me he visto implicado numerosas veces en intensos debates sobre la propiedad intelctual, lo que me ha llevado a formarme una opinión y, por supuesto, a colaborar en lo que he podido.

Mi primer recuerdo con el conflicto puedo ubicarlo en la época en la que trabajaba en Baquía como director técnico. Baquía organizaba unos encuentros entre fondos de capital de riesgo y startups online llamados Conector (como veis poco se ha inventado desde entonces). En una de las ponencias de ese evento recuerdo que el conferenciante estuvo arremetiendo apasionadamente contra el copyright mientras decía que, lejos de estar muerto, gozaba de una espléndida salud: sólo había que pasear por delante de la SGAE para respirar el olor a dinero. Corría el año 2000.

Ya entonces conversé largo y tendido con compañeros y amigos, y siempre he tenido la sensación de que el debate estaba viciado en varios aspectos. Por un lado en cuanto al terreno de juego, con definiciones confusas, entrelazadas y que apelan a diferentes momentos y partes de la cadena de valor; por otro porque siempre se fuerza el enfrentamiento entre dos potentes fuerzas muy vehementes que dicen defender a otros y que propician, con el fragor del choque, que existan algunos tapados con fuertes intereses en la batalla.

Propiedad intelectual , derecho de copia… un pequeño caos legal

 En España hablamos de propiedad intelectual haciendo referencia al legítimo derecho de autores e intérpretes. Sin embargo, a mi parecer es un término eufemístico que engloba y mezcla intereses muy diversos que abarcan desde la autoría hasta la explotación de imagen. En palabras de la Wikipedia, “Existe además una corriente, especialmente la que proviene del movimiento de software libre, que considera que el término propiedad intelectual es engañoso y reúne bajo un mismo concepto diferentes regímenes jurídicos no equiparables entre sí, como las patentes, el derecho de autor, las marcas y las denominaciones de origen, entre otros”.

Creo que es lógico y lícito proteger la creación de cualquier índole para que el creador pueda obtener una compensación suficiente a su labor creativa que, por supuesto, no abarca únicamente el esfuerzo dedicado a una creación concreta, sino a cosas como su formación, su sagacidad, su perseverancia, etc. El truco está en el concepto “compensación suficiente” puesto que son muchas las partes implicadas y la perspectiva de cada uno es diferente propiciando el desencuentro entre los distintos agentes de la industria: creadores, productores, distribuidores, consumidores, etc.

Una forma de hacer obvio el conflicto es contrastarlo con el término anglosajón que habla de derecho de copia (copyright). Creo que el concepto de derecho de copia define mejor el problema original: una obra que es reproducible y para la que tiene que establecerse quién tiene el derecho de reproducción de la misma y quién no.

Otra forma de ejemplarizarlo es plantearse el caso pensando en una pieza de arte única, un cuadro o una escultura por ejemplo. Aquí el conflicto desaparece fácilmente puesto que es una pieza no reproducible (al menos masivamente) y la propiedad intelectual pierde fuerza en el debate. No así la explotación de la imagen, ya sea en el formato de merchandising, reproducción facsímil, etc.

Creo que un buen análisis en profundidad (que no se puede hacer en un único post de un blog) podría fijar la casuística, la cadena de valor de la creación cultural y, atendiendo al actual estado de la tecnología, tratar de establecer escenarios parciales que se puedan debatir con mayores opciones de éxito. Una aproximación holística al problema, como la actual, so sólo no aportará luz jamás, sino que sólo añadirá puntos de fuga y argumentaciones cruzadas de modo sistemático.

Los otros actores de la función

 En esta suerte de batalla, la primera línea de confrontación está establecida entre la industria cultural tradicional y los defensores del copy-left en comunión con lo que podríamos denominar nueva industria cultural (la que ha emergido precisamente gracias a la reproductibilidad de las obras).

Los unos dicen defender los derechos de los creadores, aunque realmente (y lógicamente) su principal interés es defender dos partes concretas de la cadena de valor, las que aportan retorno a la producción y distribución: derecho de copia y derechos de explotación de imagen.

Los otros dicen defender el derecho de las personas al disfrute pleno de la cultura sin barreras, el acceso universal a la cultura. Sin embargo, parece lógico suponer que su principal interés es defender aquellos modelos de negocio basados en la distribución gratuita, la recombinación y la reinterpretación, (aprovechando los grandes espacios de venta y promoción de Internet combinados con unos costes casi nulos en materia prima).

No digo que ambos planteamientos no sean lícitos, pero sí creo que deberían ser un poco más honestos a la hora de establecer las premisas del debate.

Además, estoy convencido de que no están todos los que son. Como decía antes, considero que hay unos grandes tapados en uno y otro lado que no están participando en el debate porque quizá ya les va bien el río revuelto para faenar en él.

Mi intención al hablar de ellos no es tanto señalarles como culpables de nada, sino como elementos relevantes en muchas de las piezas que componen este complejo rompecabezas. Su inclusión podría aportar nuevos matices en el debate y a buen seguro que también soluciones insospechadas.

Seguro que hay otras listas con más, menos o diferentes actores, pero esta es mi lista de ausentes:

Entidades de gestión de derechos de autor, que son obviamente parte interesada porque en el actual escenario de desintermediación que propone Internet tienen mucho que perder. Si, a través de algún mecanismo mágico, el consumidor del contenido pagara directamente los derechos a los propietarios de los mismos en el momento del consumo, perderían toda su razón de ser. Sería un escenario sin necesidad de intermediarios que valen (teóricamente) por los autores y rastreen el mundo buscando infractores. La SGAE es la más conocida y relativamente presente en el debate pero hay más, bastante más.

Operadores de conexión a Internet que, a pesar de alguna maravillosa perla como la de Alierta en 2010, diciendo que Google debería pagarles por usar su infraestructura, venden sus conexiones en gran medida gracias al contenido. Las operadoras lo saben e implícitamente hacen gala de ello en sus anuncios publicitarios (casi siempre referidos a velocidad, capacidad de descarga o experiencia de consumo de contenido online). Además, hay dos cosas que los convierten en intermediarios ideales: tienen la mano metida en el bolsillo del cliente, al que facturan todos los meses y conocen bien, y conocen exactamente todo lo que viaja a través de sus conexiones.

Fabricantes de informática y electrónica de consumo que ponen en manos de los usuarios todas las herramientas necesarias para que la copia, distribución y reproducción sea posible con niveles de calidad casi profesionales. Ellos aportan grandes avances tecnológicos para facilitar el consumo del contenido y no se trata de que dejen de hacerlo, sino de que en su mano tienen posibilidades tecnológicas que podrían aportar soluciones concretas o importante apoyo a las mismas.

Aun así sigue siendo un problema complejo

No creo que resolviendo las cuestiones que planteo en este post vayamos a quitarle toda la complejidad al problema. Pero estoy sinceramente convencido de que fijar los territorios de conflicto de modo claro y compartido, y sentar a la mesa a todos los actores implicados en cada uno de ellos, puede abrir nuevos caminos para encontrar soluciones.

 

Créditos de la imagen: Maksym Yemelyanov

Ramón Puchades

CEO de Talents United en la actualidad, ha sido en los últimos años director de Redes Sociales de Unidad Editorial y, desde 1998, ha participado en proyectos pioneros de Internet en España como Barrabes.com y Baquia.com (Grupo Netjuice), además de haber sido consultor estratégico en Internet para clientes como Prisacom, Telecinco, Eroski o Sebastian (Grupo Wella).

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Publicado en: propiedad intelectual
  • Juanjo Ripollés

    Tema complicado dónde los haya y que levanta pasiones, sí señor.

    Cuando realizar una copia de un libro (pongamos por caso) implicaba que un monje dedicase parte de su vida a ello, imagino que a nadie preocupaban los derechos de autor, ni demás, sobre todo porque además solía estar bien claro quién era dicho autor e imagino que algún caso abría de apropiación indebida aún así.

    Conforme las técnicas van permitiendo que dicha copia sea algo más sencilla y que la difusión de las mismas reporten algo más que alabanzas, supongo que surgió la preocupación por esa defensa de los derechos de autor (tanto por la parte de obtener los méritos, como los retornos económicos).

    Cuando alguien deseaba leer un libro, si podía permitirse obtener la propiedad de un ejemplar “original”, pues tan feliz y en otro caso podía recurrir a los que hubiese en las bibliotecas, o a pedir prestado uno a alguien que tuviese a bien desprenderse temporalmente del suyo (quedando pues sin el mismo para su disfrute mientras no le fuese restituido).

    Con la llegada de los tiempos modernos, cada vez es más fácil la realización de copias posteriores de esos “originales”, copias que podrán ser también legales según el caso o no tanto.

    Pero ¿qué ocurre ahora cuando alguien nos pide prestado ese libro que nos interesa? Podemos prestarle nuestro “original”, o entregarle una copia legal, en el caso que estemos facultados para disponer de la misma, por la comodidad o por mantener en mejor estado nuestro original. Curiosamente, podemos seguir haciendo uso de nuestro “original” al mismo tiempo y esto, en ocasiones, entra en conflicto con los intereses del autor (y de toda la cadena que depende de la comercialización).

    Un amigo me decía hace tiempo, que el le deja sus libros a quién él quiera, que para eso son suyos. Pero ¿y las copias? ¿también entran en este derecho a prestar lo que es de uno? Y cuando la realización de copias se convierte en un ejercicio tan sencillo como indicar a un ordenador que realice la copia electrónica de un fichero y lo remita por medio de la red de datos ¿sigue siendo éste un derecho válido sobre cada una de las posibles copias que podemos hacer?

    Y en dónde hablo de libros, se podría leer cualquier otra creación susceptible de ser replicada tantas veces como se quiera a un coste despreciable.

    Es curioso además, que cada cual (ojo que las generalizaciones ya sé que son perversas y los “siempre” o “nunca” dan dolores de cabeza) suele sentirse dolido cuando la copia afecta a algo de su creación, pero no tanto cuando es beneficiado con la copia de la creación de otra persona.

    Fotógrafos reportando usos “indebidos y no autorizados” de sus creaciones por parte de escritores para la ilustración de sus libros, que a su vez reportan la copia indiscriminada de éstos mientras escuchan en sus equipos musicales las obras de los grupos musicales que están reportando que… toda una cadena de creadores y usuarios que no siempre están de acuerdo en lo que es lícito y lo que no lo es. En lo que es justo y en lo que no lo es.

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