Llega el pago por página leída

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Hace unos días Amazon anunciaba una nueva funcionalidad en su oferta de publicaciones electrónicas en la que se pagaba a los autores en función del número de páginas de su obra que eran efectivamente leídas. Detalles concretos al margen, se trataba de fomentar, no solo que los clientes se descarguen obras concretas y paguen por ellas: también que exista algún tipo de garantía moral sobre el producto descargado, un poco al estilo “si no queda satisfecho, le devolvemos su dinero” pero al revés; es decir, si el lector queda satisfecho, el autor gana más dinero.

Sin duda, una apuesta real por un contenido que últimamente ha venido definido de una forma clara por potentes campañas de marketing que, a menudo, han terminado por decepcionar a lectores que no han encontrado en las páginas de los libros lo que a priori estos parecían prometer. En principio, la iniciativa estaría destinada a pagar a los autores de un fondo común que se recauda por el sistema de tarifa plana de Amazon, con el que los suscriptores tienen acceso a una amplia colección de títulos, cuyos autores recibirían más beneficios si sus obras son las más descargadas… y leídas. Aquí no hay campañas de promoción que valgan: si me vendes muy bien tu libro pero luego no me convence, no vas a ganar lo mismo que si realmente la obra merece la pena.

Evidentemente, este tipo de sistemas de pago por página tienen sus riesgos y pueden llegar a desvirtuar las formas en que se escribe, jugando con trampitas narrativas que provoquen la lectura de una página más o la picaresca de un tipo de letra más grande o un interlineado mayor. La parte técnica ya la tienen controlada y la más artística, la puramente narrativa, no es nueva y todos sabemos que al lector se le puede engañar un rato con ellas, pero es necesario mucho más que una última frase con gancho para conseguir que queramos seguir leyendo.

Este tipo de trucos narrativos no es exclusivo de la literatura y de hecho está más que experimentado en televisión, con series que son maestras a la hora de dejar al espectador al borde del precipicio en cada episodio, ansioso por que llegue el estreno de uno nuevo, contando los días para conocer el desenlace de la historia. Esto ya se ha desvirtuado en cierto modo con las nuevas formas de consumo a la carta, que hacen que uno pueda sentarse toda la tarde a ver una serie de un tirón o que aprenda que, en determinados productos, lo mejor es aprovechar algún momento tranquilo en medio de un episodio para dejar de verlo y hacer otras cosas porque esperar al final es garantía de tener que darle al ‘play’ a la siguiente entrega.

Las narrativas televisiva y literaria no son tan distintas como pudiera parecer. Y cuando se trata de una historia por entregas, ya sean estas episodios en vídeo o capítulos en papel, las formas de atrapar a quien está al otro lado son muy similares. Y la manera en que los trucos no funcionan cuando el contenido no es bueno, también. Así, de nada sirve que un episodio termine muy alto y te deje con ganas de ver el siguiente si resulta que los más de 60 minutos restantes no valen nada, de la misma manera que de nada sirve que pasemos de página un libro y empecemos un capítulo nuevo si, pasada esa primera página, el resto no aporta nada.

Así, esta nueva manera de valorar la calidad de los libros, de pagar a sus autores, no debería asustar a nadie. Es más, podría incluso extenderse a otro tipo de entretenimiento, como estas series de las que hablamos, como las películas, a menudo descargadas pero abandonadas a media temporada o medio metraje. Lógicamente, es necesario que exista un pago mínimo a los autores por su obra, pero no parece descabellado pensar que se prime el éxito real de las mismas en un entorno en el que es tan fácil medir cuántas personas se han interesado por la obra completa, cuántas han llegado al final, o cuántas no han logrado pasar de las primeras páginas o minutos de programa.

Suena extraño porque hasta ahora no se había medido ni remunerado a nadie así pero ¿por qué no?

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Susana Alosete

Tras una década como productora en distintos canales temáticos, Susana analiza la televisión desde su blog Chicadelatele.com y otros medios en los que colabora de forma independiente.

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