Pensar, construir y comunicar

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Pensábamos que ir a la biblioteca nos hacía más sabios, que asistir a la escuela nos educaba y que pasear por un museo nos acercaba a lo irrepetible pero hoy la información es abundante y ubicua, el aprendizaje sucede en cualquier lugar y en cualquier momento, la realidad es construida y todo, incluida esa misma realidad, es replicable hasta el infinito. ¿Qué sentido tienen hoy la biblioteca, el aula o el museo cuando el conocimiento es abundante, accesible y está por todos los lados?. Cuando todos los días cruzamos varias veces la frontera entre lo real y lo virtual, la copia y el original, lo formal y lo informal. ¿Qué buscamos hoy cuando vamos a la escuela, a la biblioteca o al museo?. ¿Qué papel jugamos?. ¿Seguimos siendo solo alumnos, oyentes, lectores y espectadores?. ¿Sigue teniendo sentido la distinción entre creador y espectador, entre autor y consumidor, entre visitante y curador, entre experto y lego, entre profesor y alumno?. ¿Qué diferencia a una escuela de una biblioteca o a un museo de un archivo si todos parecen ocuparse más de transmitir que de transformar, de repetir que de crear, de preservar el pasado que de imaginar el futuro?.

Los historiadores han descrito con detalle los procesos de institucionalización del conocimiento. A mediados del siglo XVIII, la mayor parte de las capitales europeas se llenaron de un nuevo tipo de instituciones que desempeñaron un papel fundamental en la construcción de nuestros estados modernos. Archivos, bibliotecas, museos y escuelas nacieron para transmitir una nueva cultura que pertenecía a todos y a nadie al mismo tiempo. En ellas se catalogaban, almacenaban, exhibían y transmitían fragmentos de una historia común, al tiempo que se definía una forma concreta de entender e interpretar el mundo.

Nuestra modernidad se sustentó en un relato específico sobre qué debía formar parte de este nuevo patrimonio y sobre dónde, cómo y quién podía producirlo y difundirlo. Los gabinetes, los jardines botánicos, los museos de ciencia, la prensa divulgativa, las sociedades patrióticas, las tertulias y los cafés surgieron como espacios de confirmación y validación pública del conocimiento. Nuestra modernidad está unida a esos nuevos espacios de socialización del conocimiento.

Poco a poco, lo dominante fue el avance de los expertos y los lenguajes especializados y, por tanto, la creciente exclusión de otros saberes, prácticas y colectivos. De un lado se encontraba lo que debíamos conocer, ordenado en estrictas áreas del saber, del otro lo secundario, lo minoritario, lo extraño y lo diverso. A un lado pusimos el público como un colectivo susceptible de ser educado, enfrente los expertos capaces de hacerlo. A un lado siempre hubo abundancia y conocimiento. Del otro, escasez e ignorancia.

Pero el gran proyecto ilustrado hace décadas que llegó a su fin. El conocimiento hoy se ha convertido en la última y más atractiva de las commodities. La verdad está muy repartida y los expertos han entrado en crisis. Estamos inmersos en una de las grandes revoluciones de la historia de la humanidad, equivalente para algunos a la invención de la escritura, la generalización de la imprenta, la revolución neolítica o las revoluciones industriales. Vivimos un proceso de transformación que está generando una profunda modificación de nuestras maneras de aprender, educar, trabajar, organizar nuestro ocio, relacionarnos. Vivimos en una sociedad global, en red, creativa, postindustrial, postnacional, líquida, desbocada, del riesgo. En una cultura de los datos, en la era del acceso inmediato y la abundancia de información, de la reproducción sin costes y de la copia infinita. Una época caracterizada por una hibridación de tecnologías que difuminan los límites entre las esferas física, digital y biológica. Somos los protagonistas de una transformación que, tanto por su escala como por su alcance, parece diferente a todo lo que hemos experimentado antes. Una época en la que todo cambia y nada permanece. En palabras de Castells, no vivimos en una época de cambios sino un cambio de época, donde el conocimiento es abundante y está por todos lados y donde no podemos seguir pensando en él como algo que solo unos pocos expertos producen en unos lugares determinados (la academia, los laboratorios…) para luego ser transmitido y consumido por públicos legos en otros momentos y en espacios concretos (la escuela, la biblioteca, el museo…).

Vivimos en una sociedad llamada del conocimiento que, asombrosamente, como sostiene Daniel Innerarity, nos hace a todos un poco más tontos, dado el contraste que existe entre lo que sabemos y lo que se podría y se debería saber. Una sociedad que es cada vez más consciente de su no-saber y que progresa, más que aumentando sus conocimientos, aprendiendo a gestionar sus desconocimientos e incertidumbres. Donde ya no nos basta solo con transmitir lo que conocemos, sino que son necesarias nuevas competencias que nos permitan abordar la incertidumbre, interpretar este mundo cambiante y hacer frente a lo que no conocemos.

En este contexto, cuando el conocimiento ha desbordado sus lugares canónicos de producción, parece llegado el momento de repensar también los lugares dedicados a su difusión (el aula, la academia, el museo, la biblioteca, el laboratorio, la escuela).

¿Cómo están encarando las instituciones del conocimiento las oportunidades y desafíos de esta transformación? Cuáles son los nuevos modelos de institución cultural y del conocimiento que están surgiendo? ¿Qué formas de experimentación y aprendizaje han traído las redes digitales? ¿Qué nuevas narrativas se están experimentando? ¿Qué nuevas prácticas y formatos se están explorando? ¿Pueden las instituciones convertirse en agentes de transformación y no solo de transmisión?

En este cambio de época, su reto pasa por superar su papel tradicional como guardianas del conocimiento y garantes del pasado para adoptar un rol activo en la construcción de un futuro que dé significado a nuestras vidas, a nuestros actos y a nuestras relaciones. Convertirse en espacios de innovación ciudadana. En archivos vivos y no sólo espacios cerrados de transmisión de contenidos. En espacios donde predomine la mezcla, la multidisciplinariedad, la horizontalidad y la colaboración. Espacios que exploren las nuevas formas de producción, comunicación y aprendizaje colectivos. Pasa por recuperar su rol como espacios de creación, validación y socialización de nuevos conocimientos y prácticas. Lugares para pensar, construir y comunicar. Lugares donde podamos reunirnos para hacer cosas juntos. Lugares seguros donde experimentar. Lugares para equivocarnos en común. Lugares donde aprendamos a aprender de los otros. En suma, lugares donde aprendamos a vivir juntos.

 

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Carlos Magro

Director Académico del Istituto Europeo di Design (IED España). Vicepresidente de la Asociación Educación Abierta. Trabaja en proyectos de transformación digital, especialmente en el ámbito educativo, las competencias digitales y la comunicación corporativa. Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y en Geografía e Historia por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y MBA por EOI Escuela de Organización Industrial. Escribe sobre educación y sobre el impacto digital en las organizaciones en el blog Co.labora.red.

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Publicado en: Nacional

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