¿Qué valor tiene un editor?

libros_editor
Compartir

¿Valor? Tal vez sería más acertado hablar de una temeridad que roza la enajenación, especialmente en nuestro caso, los editores independientes. Porque lanzarse a editar en un país en el que el 40% de sus habitantes dice no haber leído un libro en 2015 es de estar un poco trastornado, siendo benevolentes con el gremio. La cifra es alarmante pero tampoco nos dejemos arrastrar por el tópico de que leer nos hace mejores personas, no olvidemos que Hitler era un ávido lector, porque lo que realmente nos hace mejores personas es, entre otras muchas cosas, leer bien.

¿Y qué es leer bien? Aquí cada uno tendrá su opinión, que para algo somos españoles; así que lanzaré la mía, que soy el que firma esto (a ti, querido lector, te dejo los comentarios para ponerme verde). En fin, que pierdo el hilo, leer bien es leer con criterio. ¿Qué es el criterio? Pues la RAE dice que es el «juicio o discernimiento». Y esa es precisamente una de las funciones fundamentales del editor: juzgar. Juzgar, separar, seleccionar, descartar, apostar por lo que crees que vale (que al final no deja de ser una apuesta por lo que te gusta, ese libro que puedes defender con honestidad y que también crees que tiene un mínimo de personas potencialmente interesadas en gastarse sus euros en comprar un ejemplar, porque el dinero manda cuando intentas ganarte la vida con tu trabajo).

Y hay que descartar mucho porque somos un país que lee poco pero que escribe muchísimo. Según cifras de la Federación del Gremio de Editores de España el año pasado se editaron 73.144 nuevos títulos. Cada semana se lanzaron a esos mundos de Dios, bueno sólo en la parcelita de nuestro país, unos 1.380 nuevos libros, casi 200 cada día (domingos incluidos). Y eso es lo que llegó a ser publicado, no quiero imaginar lo que se quedó en el camino y que, por experiencia propia, imagino que sería muchísimo (tan pronto como dices que eres editor, en cualquier ámbito, ves cómo de entre las piedras aparecen tres o cuatro manuscritos de aspirantes a ser la próxima E.L. James, por ponernos en el peor de los casos).

Así que editar es decir muchas veces que no y muy pocas veces que sí. Ése es quizá el aspecto más crucial para nuestra profesión en un mundo que posibilita ir directamente al mercado con tu libro debajo del brazo, vía autoedición, y puesta a la venta en principales plataformas online, lo que en teoría significa que no necesita de editores. Un momento, ¿no habíamos dicho que sólo el año pasado se editaron 200 títulos diarios (una cifra con trampa porque aquí se incluyen también publicaciones en principio no destinadas a librerías, como tesis doctorales)? Pues si aun así esa cantidad es ingente, puede que no nos venga mal la reflexión de alguien que se dedique a ejercer su criterio de forma profesional y que esté dispuesto (o dispuesta, perdón por el uso continuado del masculino) a apostar por su decisión arriesgando su patrimonio.

Esto último no es en absoluto baladí. En la pasada Feria del Libro de Madrid alguien me dijo que vendía muy bien mis libros. ¿Cómo no hacerlo si eran el fruto de una criba de un montón de proyectos que no llegaron a concretarse? ¿Cómo no tener argumentos para convencer a alguien para que se gaste 18 euros si yo mismo me he gastado más de 8.000 en que ese libro haya tomado forma? Editar es tener criterio, pero además es exponer un compromiso con ese criterio.

Evidentemente ese discernimiento no es exclusivo de los editores. En la cadena hay otros tantos eslabones que también aportan su juicio, como por ejemplo los libreros o los lectores, el elemento verdaderamente crucial de todo este proceso. Pero si lo medimos de forma objetiva es el editor quien más invierte. Una mala elección en la librería tiene un coste relativamente pequeño para cualquier lector pero puede llevar a la tumba (metafóricamente) a todo un proyecto personal y profesional. Uno no dispara al aire a ver qué pasa, sino que apunta e intenta dar al blanco (sin ninguna garantía, claro está… ¿Qué habíamos dicho de las dosis de enajenación necesarias para lanzarse a la piscina sin saber siquiera si dicha piscina existe?).

¿Debemos entonces fiarnos de alguien porque ha puesto sus euros detrás de un libro? En el caso de los pequeños, sin duda. Algo debieron de verle (algo grande, además) para hacerlo. ¿Debemos fiarnos de todos los editores? Pues básicamente aquí de lo que se trata es de conocer cuál es el criterio de cada editor y saber si sintoniza con tu propio gusto, echarle un ojo a su catálogo y volver a picar si te gustó ese libro que te encontraste por casualidad en una librería. En un mundo ideal no debería ser la excepción pero como no vivimos en ese mundo ideal, lo cierto es que no sucede todo lo que nos gustaría, y la gente se hace muy fan de los autores y poco de los editores. Al final (sobre)vivimos de ir acertando y no de hacernos un público fiel que sintonice con nuestra sensibilidad y que confíe en nuestras apuestas.

libros Léeme

¿Se reduce todo a criterio y pasta? Pues claramente no. El (buen) editor también deja su impronta en los libros que edita, porque uno no se hace fan del señor de Zara (que también los hay) sino de sus colecciones que es donde está el valor aunque el dinero esté en otro sitio. A veces, sinceramente las menos, editar no requiere mucho esfuerzo: el manuscrito es magnífico, el autor lo tiene claro y el libro camina solo. Pero otras el texto necesita una revisión (hablo desde mi experiencia con libros de no ficción) que exige horas de escrutinio (o sea, de edición más allá de la pura corrección ortotipográfica) llegando, incluso, hasta el punto de reconstruirlos y/o reestructurarlos completamente como un buen aparejador.

Este paralelismo no es casual. Mucha gente al ver el grado de corrección que he tenido que aplicar a algunos libros (míos y editados para terceros) me dice que soy más autor que el propio escritor. Mi respuesta es siempre la misma: el arquitecto es el que ha tenido la idea, el que ha diseñado cómo sería su obra, el que ha decidido cuántas plantas iba a tener o de qué manera se elevaban los muros. El editor, como el aparejador, está a pie de obra haciendo las modificaciones pertinentes para que el edificio no se venga abajo. Su función es vital, pero el genio corresponde a quien firma el proyecto, que es además quién autoriza los cambios planteados porque es quien pone la cara y a quien se la partirán si algo no sale como debe. Mi labor como editor (al menos como yo la entiendo) es la de mero intermediario entre autor y público, remando siempre a favor de éste último e intentando acercar el texto lo más posible a un lector más o menos universal que no tiene por qué saber absolutamente nada del ámbito del libro (un pecado habitual de muchos autores es dar por hecho que sus conocimientos son más o menos moneda común, por lo que muchas de esas correcciones son en realidad peticiones de desarrollo de razonamientos, ideas…).

Un buen editor también se encarga del formato de la obra. El autor es responsable del espíritu del libro (el texto, las palabras, las ideas) pero el editor debe asumir su cuota de responsabilidad en el cuerpo del libro (formato, encuadernación, aspecto). En eso entra, en bastantes ocasiones, la elección del título, el diseño de la cubierta, la redacción del texto de contraportada… Lo ideal es hacerlo de la mano de los autores, pero hay veces en las que tienes que tomar las riendas del proceso porque forma parte de tu área de conocimiento. De nuevo puedes acertar o fallar (ALERTA SPOILER: los editores no somos infalibles), pero he de decir que en general solemos dar en el clavo porque por algo nos dedicamos a esto. A lo largo de mi trayectoria (casi 20 años ya), he tenido pocas discusiones con autores acerca de qué título elegir y en la inmensa mayoría de los casos, con el libro ya editado, me han reconocido que tenía(mos) razón (utilizo el plural porque no en todos los casos he tenido siempre la última palabra en este aspecto y en ocasiones ha sido una labor de equipo).

Un buen editor, en definitiva, rema por todos. Rema por el libro, porque de su éxito (o de su salida más o menos a flote) depende que pueda seguir sacando más libros. Rema por el autor, porque a veces necesita ese empujoncito para que la cosa salga lo más redonda posible. Y rema, sobre todo, por el lector. Rema de una forma evidente al contribuir a que el libro sea lo más legible posible (o lo más experimental, depende de lo que pida el texto) y rema de una forma menos evidente al seleccionar qué llegará a las librerías, es decir, ahorrando a esos pocos que leen que tengan que pasar páginas y páginas difícilmente publicables.

Porque al final un libro es un proceso coral que exige de mucha pasión y mucho compromiso por parte de todos los agentes implicados (desde el autor hasta el lector). Y en el que los editores, invisibles en muchos casos, intentamos aportar nuestro granito (ese valor con el que empezaba toda esta reflexión) aunque a día de hoy y después de casi dos décadas de carrera todavía tenga amigos que me aborden con la pregunta: «Sí, vale, eres editor. Pero, ¿exactamente qué haces?».

Suscríbete a nuestro boletín y recibe puntualmente nuestros últimos posts.

Al suscribirte declaras haber leído y aceptado nuestra advertencia legal.

José Antonio Menor

José Antonio Menor ha desarrollado su carrera profesional como editor en diferentes editoriales (Everest, Anaya…) y en la actualidad es el responsable de Léeme Libros, un proyecto independiente que empezó a funcionar en 2012. En su sello ha publicado ya una treintena de referencias entre las que se incluyen Futbolistas de izquierdas (de Quique Peinado), Ya está el listo que todo lo sabe (de Alfred López) o El poder es de las personas (de Pablo Herreros).

Latest posts by José Antonio Menor (see all)

Etiquetado con: , ,
Publicado en: literatura

Suscríbete a nuestra Newsletter

Suscríbete a nuestro boletín y recibe puntualmente nuestros últimos posts.

Al suscribirte declaras haber leído y aceptado nuestra advertencia legal.